Monday, November 14, 2005

VIDA NOBLE Y VIDA VULGAR

VIDA NOBLE Y VIDA VULGAR, O ESFUERZO E INERCIA

José Ortega y Gasset
Por lo pronto somos aquello que nuestro mundo nos invita a ser, y las facciones fundamentales de nuestra alma son impresas en ella por el perfil del contorno como por un molde. Naturalmente, vivir no es más que tratar con el mundo. El cariz general que él nos Presente será el cariz general de nuestra vida. Por eso insisto tanto en hacer notar que el mundo donde han nacido las masas actuales mostraba una fisonomía radicalmente nueva en la historia. Mientras en el pretérito vivir significaba para el hombre medio encontrar en derredor dificultades, peligros, escaseces, limitaciones de destino y dependencia, el mundo nuevo aparece como un ámbito de posibilidades prácticamente ilimitadas, seguro, donde no se depende de nadie. En torno a esta impresión primaria y permanente se va a formar cada alma contemporánea, como en torno a la opuesta se formaron las antiguas. Porque esta impresión fundamental se convierte en voz interior que murmura sin cesar unas como palabras en lo más profundo de la persona y le insinúa tenazmente una definición de la vida que es a la vez un imperativo. Y si la impresión tradicional decía: «Vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar con lo que nos limita», la voz novísima grita: «Vivir es no encontrar limitación alguna, por lo tanto, abandonarse tranquilamente a sí mismo. Prácticamente nada es imposible, nada es peligroso y, en principio, nadie es superior a nadie.»
Esta experiencia básica modifica por completo la estructura tradicional, perenne, del hombre-masa. Porque éste se sintió siempre constitutivamente referido a limitaciones materiales y a poderes superiores sociales. Esto era, a sus ojos, la vida. Si lograba mejorar su situación, si ascendía socialmente, lo atribuía a un azar de la fortuna, que le era nominativamente favorable. Y cuando no a esto, a un enorme esfuerzo que él sabía muy bien cuánto le había costado. En uno y otro caso se trataba de una excepción a la índole normal de la vida y del mundo; excepción que, como tal, era debida a alguna causa espacialísima.
Pero la nueva masa encuentra la plena franquía vital como estado nativo y establecido, sin causa especial ninguna. Nada de fuera la incita a reconocerse límites y, por lo tanto, a contar en todo momento con otras instancias, sobre todo con instancias superiores. El labriego chino creía, hasta hace poco, que el bienestar de su vida dependía de las virtudes privadas que tuviese a bien poseer el emperador. Por lo tanto, su vida era constantemente referida a esta instancia suprema de que dependía. Mas el hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos. ¿Por qué no, si, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales funda tal afirmación de su persona?
Nunca el hombre-masa hubiera apelado a nada fuera de él si la circunstancia no le hubiese forzado violentamente a ello. Como ahora la circunstancia no le obliga, el eterno hombre-masa, consecuente con su índole, deja de apelar y se siente soberano de su vida. En cambio, el hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que al comienzo distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo que aquél es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es, y está encantado consigo. Contra lo que suele creerse, es la criatura de selección, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman. Esto es la vida como disciplina -la vida noble-. La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige. «Vivir a gusto es de plebeyo: el noble aspira a ordenación y a ley» (Goethe). Los privilegios de la nobleza no son originariamente concesiones o favores, sino, por el contrario, conquistas. Y, en principio, supone su mantenimiento que el privilegiado sería capaz de reconquistarlas en todo instante, si fuese necesario y alguien se lo disputase. Los derechos privados o privilegios no son, pues, pasiva posesión y simple goce, sino que representan el perfil adonde llega el esfuerzo de la persona. En cambio, los derechos comunes, como son los «del hombre» y del ciudadano, son propiedad pasiva, puro usufructo y beneficio, don generoso del destino con que todo hombre se encuentra, y que no responde a esfuerzo ninguno, como no sea el respirar y evitar la demencia. Yo diría, pues, que el derecho impersonal se tiene, y el personal se sostiene.
Es irritante la degeneración sufrida en el vocabulario usual por una palabra tan inspiradora como «nobleza». Porque al significar para muchos «nobleza de sangre», hereditaria, se convierte en algo parecido a los derechos comunes, en una calidad estática y pasiva, que se recibe y se transmite como una cosa inerte. Pero el sentido propio, el etymo del vocablo «nobleza» es esencialmente dinámico. Noble significa el «conocido»: se entiende el conocido de todo el mundo, el famoso, que se ha dado a conocer sobresaliendo de la masa anónima. Implica un esfuerzo insólito que motivó la fama. Equivale, pues, noble, a esforzado o excelente. La nobleza o fama del hijo es ya puro beneficio. El hijo es conocido porque su padre logró ser famoso. Es conocido por reflejo, y, en efecto, la nobleza hereditaria tiene un carácter indirecto, es luz espejada, es nobleza lunar como hecha con muertos. Sólo queda en ella de vivo, auténtico, dinámico, la incitación que produce en el descendiente a mantener el nivel de esfuerzo que el antepasado alcanzó. Siempre, aun en este sentido desvirtuado, noblesse oblige. El noble originario se obliga a sí mismo, y al noble hereditario le obliga la herencia. Hay, de todas suertes, cierta contradicción en el traspaso de la nobleza, desde el noble inicial, a sus sucesores. Más lógicos los chinos, invierten el orden de la transmisión, y no es el padre quien ennoblece al hijo, sino el hijo quien, al conseguir la nobleza, la comunica a sus antepasados, destacando con su esfuerzo a su estirpe humilde. Por eso, al conceder los rangos de nobleza, se gradúan por el número de generaciones atrás que quedan prestigiabas, y hay quien sólo hace noble a su padre y quien alarga su fama hasta el quinto o décimo abuelo. Los antepasados viven del hombre actual cuya nobleza es efectiva, actuante; en suma: es; no fue.
La «nobleza» no aparece como término formal hasta el Imperio romano, y precisamente para oponerlo a la nobleza hereditaria, ya en decadencia.
Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia. De esta manera, la vida noble queda contrapuesta a la vida vulgar o inerte, que, estáticamente, se recluye en sí misma, condenada a perpetua inmanencia, como una fuerza exterior no la obligue a salir de sí. De aquí que llamemos masa a este modo de ser hombre, no tanto porque sea multitudinario, cuanto porque es inerte.
Conforme se avanza por la existencia, va uno hartándose de advertir que la mayor parte de los hombres -y de las mujeres- son incapaces de otro esfuerzo que el estrictamente impuesto como reacción a una necesidad externa. Por lo mismo, quedan más aislados y como monumentalizados en nuestra experiencia los poquísimos seres que hemos conocido capaces de un esfuerzo espontáneo y lujoso. Son los hombres selectos, los nobles, los únicos actives, y no sólo reactivos, para quienes vivir es una perpetua tensión, un incesante entrenamiento. Entrenamiento = áskesis. Son los ascetas.
No sorprenda esta aparente digresión. Para definir al hombre-masa actual, que es tan masa como el de siempre, pero que quiere suplantar a los excelentes, hay que contraponerlo a las dos formas puras que en él se mezclan: la masa normal y el auténtico noble o esforzado.
Ahora podemos caminar más deprisa, porque ya somos dueños de lo que, a mi juicio, es la clave o ecuación psicológica del tipo humano dominante hoy. Todo lo que sigue es consecuencia o corolario de esa estructura radical que podría resumirse así: el mundo organizado por el siglo XIX, al producir automáticamente un hombre nuevo, ha metido en él formidables apetitos, poderosos medios de todo orden para satisfacerlos -económicos, corporales (higiene, salud media superior a la de todos los tiempos), civiles y técnicos (entiendo por éstos la enormidad de conocimientos parciales y de eficiencia práctica que hoy tiene el hombre medio y de que siempre careció en el pasado)-. Después de haber metido en él todas estas potencias, el siglo XIX lo ha abandonado a sí mismo, y entonces, siguiendo el hombre medio su índole natural, se ha cerrado dentro de sí. De esta suerte, nos encontramos con una masa más fuerte que la de ninguna época, pero, a diferencia de la tradicional, hermetizada en sí misma, incapaz de atender a nada ni a nadie, creyendo que se basta; en suma: indócil. Continuando las cosas como hasta aquí, cada día se notará más en toda Europa -y por reflejo en todo el mundo- que las masas son incapaces de dejarse dirigir en ningún orden. En las horas difíciles que llegan para nuestro continente, es posible que, súbitamente angustiadas, tengan un momento la buena voluntad de aceptar, en ciertas materias especialmente premiosas, la dirección de minorías superiores.
Pero aun esa buena voluntad fracasará. Porque la textura radical de su alma está hecha de hermetismo e indocilidad, porque les falta, de nacimiento, la función de atender a lo que está más allá de ellas, sean hechos, sean personas. Querrán seguir a alguien, y no podrán. Querrán oír, y descubrirán que son sordas.
Por otra parte, es ilusorio pensar que el hombre medio vigente, por mucho que haya ascendido su nivel vital en comparación con el de otros tiempos, va a poder regir por sí mismo el proceso de la civilización. Digo proceso, no ya progreso. El simple proceso de mantener la civilización actual es superlativamente complejo y requiere sutilezas incalculables. Mal puede gobernarlo este hombre medio que ha aprendido a usar muchos aparatos de civilización, pero que se caracteriza por ignorar de raíz los principios mismos de la civilización.
Reitero al lector que, paciente, haya leído hasta aquí, la conveniencia de no entender todos estos enunciados atribuyéndoles desde luego un significado político. La actividad política, que es de toda la vida pública la más eficiente y la más visible, es, en cambio, la postrera, resultante de otras más íntimas e impalpables. Así, la indocilidad política no sería grave si no proviniese de una más honda y decisiva indocilidad intelectual y moral. Por eso, mientras no hayamos analizado ésta, faltará la última claridad al teorema de este ensayo.

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Wednesday, November 02, 2005

Hacer , con la palabra

Hacer, con la palabra

Desde hace mucho, la palabra ha estado en entredicho, por cuanto casi todos creen que es mejor hacer que decir. Aparentemente hay mayor utilidad práctica, pero no es menos cierto que el decir, es también un hacer muy importante.
“Háblame para que yo te conozca”, nos dice Séneca. “Hay que reivindicar el valor de la palabra, poderosa herramienta que puede cambiar nuestro mundo”, agrega William Holding ; y Sigmund Freud nos señala: “ La ciencia moderna aun no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”.
Usar las palabras para asociarlas, jerarquizarlas, relacionarlas y finalmente construir ideas y acuerdos es algo muy propio del ser humano, sobre todo de aquellos que han podido crecer más como personas desarrolladas.
La palabra es un gran don de Dios que nos hade servir para cantar sus alabanzas y para hacer siempre el bien con ella,nunca el mal.
A Jesús le gustaba conversar con sus discípulos, nunca rehusó el diálogocon quienes se le acercaban en las situaciones de cultura, de tiempo... másdiversas. Con todos se entendía Jesús y todos salían confortados con suspalabras. Y en esto debemos imitar al Maestro. La palabra, regalo de Dios alhombre, nos ha de servir para hacer el bien: para consolar al que sufre, paraenseñar al que no sabe; para corregir al que yerra; para fortalecer al débil;para levantar amablemente al que ha caído, como Jesús hace constantemente. Estoes hablar: enriquecer, orientar, animar, alegrar, consolar, hacer amable elcamino, llevar la paz, ayudar a descubrir la propia vocación.
Hay palabras que pueden ser más efectivas y potentes que muchos remedios; hay peligrosas e hirientes como también algunas que son un bálsamo para el alma.
Hay pequeñas palabras que dichas en un susurro, tienen la inmensidad del universo, como cuando digo: te Amo.
Algunas palabras gritadas no tienen más que el efecto pasajero de un ladrido. Irreflexivas, llenas de animalidad, descerebradas, repletas de envidia, agresivas, de prepotencia insana. Ellas sólo degradan aun más a quien las ladró espumantes.
Hay palabras sinceras de perdón, que siempre deben tener buena acogida en nuestro corazón.
Valientes palabras de denuncia, contrastadas con silencios cobardes y cómplices.
Confucio, pensando en el poder de una palabra bien dicha, nos dice: “Es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto”.
No podemos utilizar la palabra de modo frívolo, vacío o inconsiderado,como ocurre en la locuacidad superficial, y menos faltar con ella a la verdad o a lacaridad, pues la lengua se puede convertir enun mundo de iniquidad, haciendo mucho daño a nuestro alrededor...¡Cuánto amor roto, cuánta amistad perdida, porque no se supo callar a tiempo!Jesús nos advierte: Yo os digo que de cualquier palabra ociosa que hablen loshombres han de dar cuenta en el día del juicio (Mateo 12, 35).

Tuesday, October 04, 2005

QUÉ SE HA PERDIDO

QUÉ SE HA PERDIDO Julián Marías - Humanitas n° 5
Parece evidente el descenso del nivel que padece la humanidad, al menos la occidental, en estos últimos decenios. Es de temer que las cosas no vayan mejor en el resto del mundo, ya que todo él está en presencia y las influencias son muy grandes, y los que no son occidentales se nutren muy principalmente de lo que ha creado Occidente. He hablado hace tiempo de la amenaza de una “decadencia evitable”, lo que empieza a parecer problemático es que sea evitable.
Una gran proporción de lo que se hace, en todos los campos, es resueltamente inferior a lo que podría ser, a lo que se hacía en los primeros sesenta años de nuestro siglo, y que perdura en la memoria y conserva actualidad. Con excepciones, que son bastantes pero no dejan de serlo, lo que se dice, escribe, pinta, compone, edifica, se proyecta en las pantallas, se plantea intelectualmente, está por debajo del nivel exigible, porque se había alcanzado uno mucho más alto. Una persona con alguna sensibilidad intelectual o estética experimenta a diario una impresión penosa: el descontento. Como pocas cosas me descontentan más que no entender, no me limito a experimentar esa impresión, sino que procuro averiguar sus causas. Se pensaría que se ha producido una mengua de las dotes en nuestro tiempo, que los hombres de las últimas generaciones son menos inteligentes que hace algún tiempo.
Esta explicación no me convence. Creo que las dotes humanas, al menos dentro de las épocas históricas que conocemos, son aproximadamente las mismas. Los niños que nacieron en la Grecia clásica, de fantástica capacidad creadora, o durante el también creador Imperio Romano, no eran probablemente distintos de los nacidos en los cuatro oscuros siglos que sucedieron a su caída, hasta que se inició un tímido renacimiento cultural hacia el año 800, en tiempo de Carlomagno. Si se hubieran hecho pruebas psicofísicas, medidas de lo que ahora se llama el cociente de inteligencia y cosas análogas, creo que los resultados no serían muy diferentes. Con mayor motivo, no hay razón para sospechar cambios sustanciales en las dotes a lo largo de los siglos de la Edad Moderna, no sigamos en el espacio de nuestras vidas.
Si los resultados de los últimos decenios se resienten de lo que podemos llamar “falta de inteligencia”, no será por falta de dotes, quiero decir de “posibilidades” psicofísicas, sino por motivos estrictamente humanos, biográficos, en su conjunto sociales e históricos. Creo muy moderadamente en el valor de los genes y su transmisión: los hijos de los más geniales con frecuencia son bastante mediocres; a la inversa, los padres de los genios han solido ser personas modestas, nada extraordinarias. Más importante es la convivencia, la educación, el ambiente en que cada persona se forma; y todavía más la libertad de cada una, su vocación personal, su exigencia de autenticidad.
He dicho en ocasiones que los autores de la generación del 98, con la posible excepción de Unamuno, eran hombres de dotes nada extraordinarias; su genialidad consistió en el uso que hicieron de esas dotes, que resultaron más que suficientes y les permite seguir irradiando sobre nosotros al cabo de un siglo.
Si las personas son hoy tan “inteligentes” como antes, y sus obras no lo son, salvo un número limitado de excepciones, hay que preguntarse por qué. No se ha perdido la “inteligencia”; lo que ha descendido de manera aterradora es su “prestigio”, su estimación, su exigencia. He observado que, cuando se elogia a alguien que ejerce funciones culturales en el más amplio sentido de la palabra, rara vez se dice que es “inteligente”.Se confunde todo. Hay un extraño “igualitarismo”, compensado por la amistad, los intereses económicos o el partidismo. Se habla interminablemente de algunos, a pesar de su notoria mediocridad, y poco o nada de otros, cuya obra tiene un valor incomparablemente superior. Los que no producen, los que se nutren de lo que una minoría hace, en principio para los demás, viven en estado de confusión, de desorientación, porque hay un absoluto desorden de las jerarquías. He recordado a veces que en los años que siguieron a la guerra civil, a pesar de las fuertes presiones políticas, los españoles siguieron aceptablemente “orientados” sobre los valores culturales, mucho más que después. El que crea en cualquier disciplina no se siente obligado a ser inteligente. Podría serlo, sus dotes se lo permiten, pero no siente en torno suyo la presión social que lo lleva a aprovecharlas, a usarlas en el máximo de su rendimiento. Casi todo lo que vemos, oímos, leemos, “podría ser mejor”. Esta es la triste situación que nos puede llevar a una decadencia de la que será sumamente difícil salir, porque se habrá producido un descenso del nivel de lo “humano”, difícilmente superable.Lo que se ha perdido es el prestigio, la estimación de la inteligencia real, puesta en ejercicio, relativamente independiente de las dotes, que pueden ser modestas, y con eso basta si se las pone en juego. No se trata de ser fenómenos de feria: casi ninguno de los genios que han hecho prodigiosa a la humanidad lo eran.Casi todos ellos eran personas “normales”, que no deslumbraban a sus contemporáneos, que no venían de estirpes particularmente ilustres. Tenían “vocación”, en los casos menos eminentes algo tan importante y valioso como la “afición”; sentían el placer de aplicar sus talentos a algo para lo que sentían “haber nacido”. Se veían forzados a dar lo mejor de sí mismos a eso que era su empresa vital.
Hacían lo mejor posible. Con eso basta. Les importaba, más que el éxito -que rara vez era espectacular- el resultado de su esfuerzo. Recuerdo, desde que era muchacho, aquellos versos de Goethe, en su poema “Der Singer” (“El cantor”); “Das Lied, das aus der Kehle klingt, ist Lohn, der reichlich lohnet” (“la canción que brota de la garganta es premio que recompensa con riqueza”); y por eso el cantor renuncia a la cadena de oro que le ofrece el rey y se contenta con una copa de vino. Hay recuerdos, casi de niñez, recibidos en la cuna o en la escuela, que quedan adheridos a la memoria y son una exigencia perdurable a lo largo de toda la vida. Lo decisivo es haberlos recibido. ¿En qué medida ocurre así hoy? ¿Qué oyen, en su casa, en la escuela, en la Universidad, en las horas que pasan delante de la televisión, los niños y los jóvenes que han nacido en los últimos treinta años?
No se trata de mejorar las dotes psicofísicas; ni es posible ni es necesario. Los recursos de todo orden con que el conjunto de la humanidad occidental empieza su vida son inmensamente superiores a todo lo anterior. Si no estamos en una época creadora, no tenemos disculpa. Somos responsables de nosotros mismos, de lo que hacemos con nuestras vidas, por ejemplo, de renunciar a la inteligencia, de negarle la estimación y el prestigio; en una palabra, de dejarla perder.

Saturday, August 20, 2005

Humanismo para Salvar el Mundo


En un mundo que muestra sociedades sin ningún respeto por la vida de las personas; otras que en base a un camino de relativismo y egocentrismo llevados a extremos vemos como hay una terceras que mueren de hambre sumidas en la ignorancia, frente a los abundantes consumos de otros.
Sólo el respeto a la persona humana, en todas sus dimensiones y con todas las libertades para optar por el bien común, es decir la propuesta hecha desde una visión humanista trascendente podremos caminar lentamente hacia un mundo más humano, solidario, más lleno de Amor. jia2005